Siguiendo a Lope, yo podría decir:
No me quejara yo de pestilencia,
si como todos dicen fuera muerte;
mas pues la huelo y es dolor tan fuerte
quejarme puedo sin pedir licencia.
La ciudad que habito huele a cloaca, es un hecho. Gracias a la adaptación (¿ventaja o desventaja para el ser humano, no como especie, sino individualmente?) nos acostumbramos a un sinfín de primores, en este caso el mal olor. Desde hace dos semanas mi no tan refinado sentido del olfato me ha hecho suponer esta hipótesis: alguno de los bordos que saca la mierda de la cuenca de México se ha desbordado y no se nos ha informado. El olor a azufre y a tubería atascada ha sido particularmente fuerte desde el sábado por la tarde, momento en que me encontraba en la explanada del Palacio de Bellas Artes. Espero no estar solo en esta sensación olorosa de cadaverina y putrefacción.
Ése sábado en Bellas Artes, acudí, con grata compañía, a presenciar el breve programa de la Junge Deutsche Philarmonie. Aquí cabe notar que la inexistente Joven Filarmónica Mexicana no da giras por Europa. Sigo, en el anfiteatro bajo ($120.00), había muchos lugares vacíos a nuestro alrededor, circunstancia que auguraba alguna calma. Seguramente más por hipersensible que otra cosa, padecí levemente a causa de lo siguiente:
Cada dos minutos un vientecillo gélido, proveniente del aire acondicionado, rozaba mi cara y me resecaba los ojos. Hasta aquí el problema es sólo mío, pero el imperdonable zumbido que producía la máquina no lo es. Aunque recién remodelado, decidieron guardar el artefacto histórico que mandó construir Porfirio Díaz para mantener fresco al entonces aristócrata público de la ciudad.
Los dromedarios dos filas atrás no hacían más que beber agua cada vez que recordaban que podían hacerlo. ¡Oh insensible de mí! ¡Bellaco!, ¡Has olvidado al sediento! Pues esta familia seguramente venía de comer, estaba sentada, en un lugar con aire acondicionado, al contrario de los músicos, que no tomaban agua, y estaban haciendo algo bajo haces de luces cercanos al dios Apolo. La susodicha familia sacaba su botellita lentamente (en prácticamente cualquier teatro salvo las salas de cine está determinantemente prohibido introducir cualquier tipo de alimento) de una hermosa bolsa de plástico que crujía sin remedio de manera ruidosa y molesta.
En el intermedio, los lugares vacíos fueron tomados por las hordas industriales de impuntuales que pululan en este país; al menos no lo hicieron durante el concierto.
Dos filas más abajo, hacia la izquierda, un par de engendros aprovechó la música de fondo para conversar sobre nimiedades durante toda la segunda parte de un concierto brevísimo, al tiempo que jugaban con su cabello rizado, signo de la más absoluta apatía por los músicos.
Los tísicos y tuberculosos deberían permanecer en casa. Es casi increíble (solamente no lo es porque es un hecho) que algunas personas vayan a los conciertos a toser, y otros, numerosos y educados en los reinos del graznido, tosan porque no pueden estarse callados 80 minutos. Costumbre ampliamente difundida entre los seres que ocupan lugares en salas de conciertos.
Casi olvido mencionar que afuera del Palacio, en la avenida, tuve la maravillosa experiencia de presenciar a la estupidez misma. Medía kilómetros y se desplazaba del único modo que podía: la marcha zombie. No entiendo y no me puedo explicar el éxito de cosa más inútil, pero sobre todo estorbosa y en detrimento del ser humano (Descubro con desagrado que es una costumbre mundial, varias ciudades del mundo organizan la misma personificación). Vuelvo a resaltar que en Bellas Artes, como en casi todos los conciertos a los que asisto, hay suficientes lugares vacíos. Está claro: el que está equivocado y vive fuera de su tiempo soy yo.