Preludio

Preludio

No dedicaré este espacio a describir o criticar los variopintos acontecimientos culturales a los que suelo asisitir; ya hay quien hace eso en diversos lugares.

Yo trataré sobre un elemento ineludible: el vulgo que "asiste"; elemento sine qua non, y no por imprescindible, todo lo contrario -para algunos pocos-, sino porque no hay nada que hacer con la masa amorfa que todo lo obstruye.

Las reflexiones aquí desarrolladas tienen el doble propósito de comprender al otro (sea quien sea, a pesar de la indiscreción) y de sublimar mis enojos. Vale.

jueves, 22 de diciembre de 2011

4. Medios masivos...

"Pravo domino servit qui vulgo servit" 

Antes de comenzar esta disertación, debo anotar que el domingo 11 de diciembre en Bellas Artes (alrededor de $500.00 -es la última vez que anoto el precio, me parece que ha quedado claro que no importa el lugar o lo costoso o barato que haya sido, la concurrencia es igual de lamentable), disfruté enormemente la vulgaridad de la "galardonada" mezzosoprano Cassandra Zoé Velasco, pues hizo el favor de sentarse casi a mi lado durante la segunda parte del espectáculo (ella acababa de cantar en Cavalleria rusticana) y de amenizar con sus risas torpes y comentarios burdos que no cesaron hasta el aplauso. Hecho está. 

Medios masivos de... todo cabe. La decencia se diluye entre la masa. Si él o ella, o todos aquellos lo hacen, ¿por qué yo no? Desde hace una década, más o menos, los avances tecnológicos nos han agraciado la vida de distintas maneras. Una de éstas es la de la divulgación (y por ello la vulgarización) de la fotografía. Pero no como arte, ojalá fuera el arte de la fotografía. Me refiero a la toma compulsiva de retratos: "Ándale mija, póngase junto a la 'monalisa'. Pero sonría, así de ladito, como ella. Eso, ya quedó, para el recuerdo." La hija no vio la pintura y el padre sólo lo hizo a través del recuadro digital para enmarcarla. Espectáculo común en todos los museos: hordas de turistas inconscientes deambulan somníferamente las salas del mundo entero. 
      Recientemente estuve en El Antiguo Colegio de San Ildefonso. La exposición constaba de siete u ocho piezas casi invisibles por la masa aturdida que quería poseer con su cámara o su celuhar una copia de ese objeto sensible. Mención aparte merece la concurrencia de grupos grandes de amigos que no disfrutan para nada la exposición. Aquí podría parecer que soy intolerante a la amistad, que no es el caso y por ello vale una reflexión. Hacer chistes con los amigos, ser políticamente incorrecto e ir en contra de la autoridad está muy bien, más que bien. El problema es que además de arruinar ligeramente la exposición a otras personas, se sabotea uno mismo. Ahora estoy casi seguro de que más nos valdría ir solos a cualquier tipo de circunstancia que nos propiciara una conmoción del espíritu: al cine, al teatro, a una exposición, porque en grupo sucede que en vez de quedarnos callados e irnos deshaciendo por las emociones, soltamos un comentario que provocará risa nerviosa e impedirá que nos relacionemos del modo que sea con el arte. 
      Casi todas las circunstancias que propician este espacio tienen que ver con grupos de personas. Otro mundo sería si cada quien supiera estar consigo y pensar por cuenta propia.

domingo, 11 de diciembre de 2011

3. Salas de (des)espera(ción)


Desde hace varios años, las salas de espera se han vuelto receptáculo de la estupidez, como tantos otros espacios públicos y cerrados. Y no por otra cosa sino porque han decidido dotar de televisiones con programas vespertinos de (estupidísima) televisión nacional –entiéndase cualquier porquería que transmita el canal dos o el trece. Quién ha comprado estos aparatos para estos lugares peca de pelmaso, (alguien que compra una televisión para su sala de espera, la pone en el canal dos, él no la ve, pero espera que sus clientes sí, sin duda piensa que éstos últimos son tarados) pues lo ha hecho para satisfacer a su secretaria, que no la ve, y los clientes, casi siempre pacientes (por lo regular esta situación ocurre en consultorios médicos), tenemos que no hacer otra cosa sino “hacernos estúpidos”. No leer, no estudiar, no pensar, porque el volumen de la imbecilidad es ineludible. Extrañamente, espero, la mayoría de los presentes, en circunstancias regulares (aunque siempre están los perpetuos idiotas), espero, no vería estas cosas, pero en estos lugares no hay nada qué hacer al respecto. Quizá tenga que ver con la generación nacida en los 50’s, que, en general, enciende la televisión por el ruido que les hace compañía, aunque no presten atención al sonido o al programa. Magna diferencia la de aquel laboratorio que para conseguir distraer y calmar a los esperandos, llenaba el espacio con ondas de música de cámara, que si bien sólo podrían darle enorme alegría a unos cuantos, sin duda tranquilizan y permiten hacer otras cosas al mismo tiempo a la mayoría (¡Ya presiento que aquí estoy muy equivocado! La gran mayoría prefiere el canal 2). Antaño los consultorios contaban con revistas de muy distintos ámbitos que permitían enterarse de un sinfín de cosas interesantes: hechos cotidianos, vida silvestre, viajes, descubrimientos médicos, etcétera. Luego, poco a poco, la estupidez comenzó a conquistar los centros de mesa con publicaciones vulgares, como los tv y basura que muestran las nimiedades de la farándula mexicana.