"Pravo domino servit qui vulgo servit"
Antes de comenzar esta disertación, debo anotar que el domingo 11 de diciembre en Bellas Artes (alrededor de $500.00 -es la última vez que anoto el precio, me parece que ha quedado claro que no importa el lugar o lo costoso o barato que haya sido, la concurrencia es igual de lamentable), disfruté enormemente la vulgaridad de la "galardonada" mezzosoprano Cassandra Zoé Velasco, pues hizo el favor de sentarse casi a mi lado durante la segunda parte del espectáculo (ella acababa de cantar en Cavalleria rusticana) y de amenizar con sus risas torpes y comentarios burdos que no cesaron hasta el aplauso. Hecho está.
Medios masivos de... todo cabe. La decencia se diluye entre la masa. Si él o ella, o todos aquellos lo hacen, ¿por qué yo no? Desde hace una década, más o menos, los avances tecnológicos nos han agraciado la vida de distintas maneras. Una de éstas es la de la divulgación (y por ello la vulgarización) de la fotografía. Pero no como arte, ojalá fuera el arte de la fotografía. Me refiero a la toma compulsiva de retratos: "Ándale mija, póngase junto a la 'monalisa'. Pero sonría, así de ladito, como ella. Eso, ya quedó, para el recuerdo." La hija no vio la pintura y el padre sólo lo hizo a través del recuadro digital para enmarcarla. Espectáculo común en todos los museos: hordas de turistas inconscientes deambulan somníferamente las salas del mundo entero.
Recientemente estuve en El Antiguo Colegio de San Ildefonso. La exposición constaba de siete u ocho piezas casi invisibles por la masa aturdida que quería poseer con su cámara o su celuhar una copia de ese objeto sensible. Mención aparte merece la concurrencia de grupos grandes de amigos que no disfrutan para nada la exposición. Aquí podría parecer que soy intolerante a la amistad, que no es el caso y por ello vale una reflexión. Hacer chistes con los amigos, ser políticamente incorrecto e ir en contra de la autoridad está muy bien, más que bien. El problema es que además de arruinar ligeramente la exposición a otras personas, se sabotea uno mismo. Ahora estoy casi seguro de que más nos valdría ir solos a cualquier tipo de circunstancia que nos propiciara una conmoción del espíritu: al cine, al teatro, a una exposición, porque en grupo sucede que en vez de quedarnos callados e irnos deshaciendo por las emociones, soltamos un comentario que provocará risa nerviosa e impedirá que nos relacionemos del modo que sea con el arte.
Casi todas las circunstancias que propician este espacio tienen que ver con grupos de personas. Otro mundo sería si cada quien supiera estar consigo y pensar por cuenta propia.