Preludio

Preludio

No dedicaré este espacio a describir o criticar los variopintos acontecimientos culturales a los que suelo asisitir; ya hay quien hace eso en diversos lugares.

Yo trataré sobre un elemento ineludible: el vulgo que "asiste"; elemento sine qua non, y no por imprescindible, todo lo contrario -para algunos pocos-, sino porque no hay nada que hacer con la masa amorfa que todo lo obstruye.

Las reflexiones aquí desarrolladas tienen el doble propósito de comprender al otro (sea quien sea, a pesar de la indiscreción) y de sublimar mis enojos. Vale.

domingo, 11 de diciembre de 2011

3. Salas de (des)espera(ción)


Desde hace varios años, las salas de espera se han vuelto receptáculo de la estupidez, como tantos otros espacios públicos y cerrados. Y no por otra cosa sino porque han decidido dotar de televisiones con programas vespertinos de (estupidísima) televisión nacional –entiéndase cualquier porquería que transmita el canal dos o el trece. Quién ha comprado estos aparatos para estos lugares peca de pelmaso, (alguien que compra una televisión para su sala de espera, la pone en el canal dos, él no la ve, pero espera que sus clientes sí, sin duda piensa que éstos últimos son tarados) pues lo ha hecho para satisfacer a su secretaria, que no la ve, y los clientes, casi siempre pacientes (por lo regular esta situación ocurre en consultorios médicos), tenemos que no hacer otra cosa sino “hacernos estúpidos”. No leer, no estudiar, no pensar, porque el volumen de la imbecilidad es ineludible. Extrañamente, espero, la mayoría de los presentes, en circunstancias regulares (aunque siempre están los perpetuos idiotas), espero, no vería estas cosas, pero en estos lugares no hay nada qué hacer al respecto. Quizá tenga que ver con la generación nacida en los 50’s, que, en general, enciende la televisión por el ruido que les hace compañía, aunque no presten atención al sonido o al programa. Magna diferencia la de aquel laboratorio que para conseguir distraer y calmar a los esperandos, llenaba el espacio con ondas de música de cámara, que si bien sólo podrían darle enorme alegría a unos cuantos, sin duda tranquilizan y permiten hacer otras cosas al mismo tiempo a la mayoría (¡Ya presiento que aquí estoy muy equivocado! La gran mayoría prefiere el canal 2). Antaño los consultorios contaban con revistas de muy distintos ámbitos que permitían enterarse de un sinfín de cosas interesantes: hechos cotidianos, vida silvestre, viajes, descubrimientos médicos, etcétera. Luego, poco a poco, la estupidez comenzó a conquistar los centros de mesa con publicaciones vulgares, como los tv y basura que muestran las nimiedades de la farándula mexicana.

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