El sábado 19 de noviembre un grupo de cinco amigos fuimos a ver la transmisión en vivo de Satyagraha, ópera de Philip Glass, desde el MET de Nueva York al Auditorio Nacional, México D.F. Compramos boletos en el 2° piso ($40.00). Probablemente sea éste el primer error: ¿Mientras más caros los boletos el público estará más interesado, será más culto, o sólo quiere decir que tiene más dinero?
En fin, ya empezado el espectáculo llegaron tres imberbes personajes a los lugares justo atrás de los nuestros, dos mujeres y un joven, sin supervisión de cualquier ser responsable de ellos. Los tres tardaron en apaciguarse, sentarse y estarse callados. Cada diez segundos cambiaban de posición, soltaban un comentario o una risilla. Luego sentían la necesidad de su boleto, así es que se movían, abrían su bolsa, prendían el celular (cada vez son mucho más luminosos debido a la gran pantalla), le preguntaban al compañero algo que no podía esperar no se diga a que terminara la obra sino al intermedio. Por si fuera poco utilizaban el programa como abanico o juguete precario para entretenerse, porque no estaban viendo una ópera moderna en alta definición transmitida en vivo. Aquí lancé mi primer “sshhhh” sobre mi hombro, que fue levemente tomado en cuenta. Tras varios minutos sin percibir cambio sustancial en su actitud, tuve que volverme y pedir que por favor dejaran de hablar ante su atónita e incomprensible mirada de pescado. Esta gente no se calla, no me insulta, no se ofende, no pide disculpas, simplemente ve, me parece, como pescado con la boca ligeramente abierta en un gesto de interrumpida estupidez.
Llegó el primer intermedio, y los tres chabacanos aprovecharon para huir y no volver, al menos no al sitio junto al apático joven –yo– que no tolera la plática de los niños inocentes –no debería asombrarnos que Herodes los haya mandado matar.
Sin embargo, el hado, viendo que una molestia se iba, envió otra a un lugar cercano. Desde el inicio de la segunda parte y hasta su fin, un anciano amargadillo no paró de prorrumpir sus necedades a su compañera. Entre senil, sordo y sin pena, no le importó que mi compañero y yo lo calláramos las mismas veces que él habló. Después del segundo intermedio, otro amigo, el que estaba más alejado del anciano, y yo, fuimos a inquirir si necesitaba ayuda para bien morir y comentarle que si hiciera el favor de callarse nos haría felicísimos. He aquí una aproximación al diálogo que sostuvimos:
-J: “Buenas tardes, disculpe, estamos sentados dos filas más abajo hacia la izquierda y escuchamos sus comentarios, ¿podría dejar de hablar por favor?
-Anciano: “Escucharon mis comentario, ni modo, eh, pues qué pena.”
-Yo: “Sí los escuchamos, y son molestos, por favor deténgase.”
-Anciano: “Perdón por interrumpir su “altísima concentración”, le pido una disculpa”.
-J: “La acepto, acepto su disculpa, muchas gracias”.
Más con ironía que con verdadera contrición, el anciano no volvió a hablar durante todo el tercer acto, probablemente porque se durmió ya que la lentitud del mismo, frente a lo ríspido del segundo, lo permitían.
Pienso que los jóvenes asistieron a la ópera porque algún desconsiderado maestro (espero que sin premeditación sino con inconsciencia) de música o de otra cosa prometió recompensar con lo único que le importa a ciertos imbéciles educandos: décimas. Así, los estudiantes compran los boletos más baratos; como ya están ahí, entran; y como no les interesa, le fastidian la experiencia a los que sí nos interesa. No sirve de nada traficar con calificaciones, el amor a la música y a otras formas de la cultura no nace así. Abundaré en estas reflexiones en una próxima entrega.
Por otro lado, es ridículo que uno tenga que ir a pedirle a una persona mayor que se calle, y peor aún, que con orgullo, soberbia e ironía, en vez de disculparse, la mayoría de estas personas se ofenda. Como si uno estuviera loco, fuera un reaccionario intolerante a las personas y hubiera atropellado su derecho a ser feliz (e idiota).
Estimado No-Mohandas: me encanta su percepción del universo: nomás se va una molestia, llega otra. Es atroz. Ya no lo comentamos, pero el tercer acto, con su controversial monotonía, me pareció maravilloso y ejerció un efecto calmante en mí, pues después de interpelar al viejillo, que, no sé si escuchaste, me llamó "mamón" una vez que nos dimos la vuelta (pusilánime hideputa) quedé de lo más encabronado, deseoso de ir a seguir discutiendo con él una vez temrinada la función. Yo nomás quería que siguiera hablando para ir a decirle: Imbécil, usted me está arruinando la vida, yo, que fui condenado por las musas ha padecer y gozar una sensibilidad agudísima, estoy sufriendo por su culpa. Pero el viejo escapó. En fin, celebro que hayas creado este espacio para denunciar todos los atropellos que suceden en la vida de todo aquél que vive con decencia, buen gusto y geometría. Besos para todos sus lectores. Adeu
ResponderEliminarUna errata en mi comentario anterior: musas HA padecer en lugar de musas A padecer. La inclusión de esa H me parece vergonozosa, iré a azotarme. Ah sí, y el tercer movimiento me pareció exquisito, pues la escacez de estímulos me permitió llegar una concentración sublime en la música. Por otro lado, detesté el manejo de cámaras, demasiado cinematográfico, demasiados close-ups. Pendejos.
ResponderEliminarOtro error: escaCez en lugar de escaSez. Este domingo mi ortografía está de la chingada. Ya no diré maz (el último error es una broma, ja ja ja).
ResponderEliminarHola Andrés. Que padre que te animaras a hacer un blog, yo desde hace rato tengo ganitas de abrir uno, pero aún no me animo! Justo hoy estuve pensando en toda la experiencia de la opera, pues no había ido antes. Si me pareció triste que algunas personas no consideren el mal rato que pueden hacer pasar a los demás debido a su falta de interés, pero creo que justo se debe (dejando a un lado al señor enojón) a que si asistes a este tipo de eventos, por otras razones que no sean el gusto, lo que estás escuchando o viendo no te es significativo, porque no tienes los medios para crear relación entre lo ves y lo que eres. Yo creo que lo que sabemos siempre afecta el modo en que vemos las cosas, es decir, si no sabes la historia de Gandhi, o si no has ido jamás a la opera y no estás relacionado con esta música es difícil que te diga algo, creo que hasta puede resultar molesto e incomodo porque siempre miramos en relación a nosotros mismos.
ResponderEliminarMe di cuenta que en el segundo acto muchos se fueron y pienso éste desinterés se debe a que en general estamos muy acostumbrado a que nos digan cómo debemos ver, escuchar y sentir el arte y nuestras habilidades de interpretación y contemplación están muy poco desarrolladas. Me pareció interesante la propuesta de no traducir la opera y volverla un experiencia puramente contemplativa, creo que con esta herramienta el espectador se enfrenta a su propia reacción: sorpresa, catalogación, desconcierto y por supuesto desinterés ¡porque no encuentro como relacionarme con lo que veo y escucho! Creo que son recursos arriesgados, pues como vimos más que acercar a un público poco conocedor de la ópera moderna (me incluyo entre ellos) a significar la obra por medio de la contemplación, las personas se alejan y se sigue fomentando la idea de que el arte es para pocos privilegiados que lo saben apreciar, cuando en lo personal considero que todos tenemos los recursos para apreciarlo desde nuestro modo de ver, de saber y de vivir. En lo personal a mi me causa sentimientos encontrados, porque si me molestan este tipo de acciones, pero también entiendo que tristemente muchos espectadores se recluyen en el silencio, o en el teléfono, o en la plática con el de al lado (que quizá comparte su desinterés) o más bien desvió mi interés hacia otros ámbitos recreativos, ¡Ojalá las personas se animarán más a desarrollar su capacidad de apropiarse la obra y hacer su propio registro de la contemplación artística!
En fin a mi me fascino la escenografía!! Creo que visualmente vale mucho la pena esta ópera. Me encanta que el material este en relación con la obra, pues se integran distintos elementos para hacer más significativo el mensaje que se busca emitir. Otra cosa que me hizo reflexionar fue la entrevista con el cantante que interpreta a Gandhi, justo leía sobre la ilusión en el arte y tras la entrevista me quedo muy claro el concepto, al principio veo a un Gandhi muy apasionado que trasmite distintas emociones por medio del canto y después a un actor que trasmite poco con lo que dice, después de eso me pareció también estar en presencia de la lucha entre el personaje y el actor en un mismo lugar, tratando de negociar entre sí frente a una audiencia, que quizá esa sea la verdadera tragedia, aunque a mí me pareció fascinante!!
Le doy la razón al anciano. Jorge Comensal es un mamón.
ResponderEliminarJorge: jaja, gracias por tus comentarios. No me percaté del último comentario del amigo parlanchín; al menos se calló el último acto. Debemos conversar acerca de la ópera, que buena falta nos hizo. Vale.
ResponderEliminarBrenda: Muchas gracias por tu comentario y por tu reflexión. Además del enojo y la queja no deja de interesarme explicar y comprender, para poder hacer algo al respecto, a los diferentes espectadores. Sin duda hay mucha verdad en tus palabras, y me da muchísimo gusto que, al igual que Jorge, compartas aquí tus impresiones y pensamientos sobre la ópera.
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