Preludio

Preludio

No dedicaré este espacio a describir o criticar los variopintos acontecimientos culturales a los que suelo asisitir; ya hay quien hace eso en diversos lugares.

Yo trataré sobre un elemento ineludible: el vulgo que "asiste"; elemento sine qua non, y no por imprescindible, todo lo contrario -para algunos pocos-, sino porque no hay nada que hacer con la masa amorfa que todo lo obstruye.

Las reflexiones aquí desarrolladas tienen el doble propósito de comprender al otro (sea quien sea, a pesar de la indiscreción) y de sublimar mis enojos. Vale.

viernes, 13 de enero de 2012

5. De altoparlantes bibliotecológicos o de cómo deberíamos tener párpados en las orejas, ¡ah de la selección natural que se olvidó de la audición selectiva!

"Quien quiera mula sin tacha, ándese a pie" 

Desgraciadamente, lo común es el ruido. No vaya a pensarse que odio la vida citadina, lo que odio es la estupidez. La vida urbana cada vez se caracteriza más por la incompetencia de sus integrantes, que no logramos convivir en paz. A mí en general me molesta la gente que no sabe estar callada y consigo misma. Quisiera decir que los compadezco, pero no. No los tolero, si no pueden soportarse a sí mismos, ¿por qué nos hacen padecer a los demás?

    En las bibliotecas de la Universidad, por ejemplo, lo común es que casi cualquiera, si se encuentra con cualquier amigo, trastorne su percepción hasta hacer invisibles a los demás y aparentar que está en una especie de terraza. Y si se está en una terraza se puede platicar (en una mesa para cuatro, me parece, es muy evidente que lo que sea dicho será escuchado, al menos, por los integrantes de la mesa. Así, cuando un par tiene una conversación, uno se entera rápidamente de íntimos detalles que se mezclan con aquello que uno quería leer. Sin embargo vale la pena tolerar unos minutos, pues luego toda la nueva información sirve para intimidar a los platicantes y forzarlos a irse a charlar a otro lado), comer y aprovechar esa nueva tecnología (ignoro a qué malhadado engendro se le ocurrió ponerle bocinas y música al teléfono celular) que hace que todos podamos gozar del mal gusto de cualquiera. No comprendo cómo alguien no puede darse cuenta de que es una verdadera monserga verse forzado a escuchar la pseudomúsica que alguien pone en su teléfono, más aún en una biblioteca (que parece ya no querer decir nada implícitamente). Los pseudoempleados que “laboran” en ellas en ocasiones (el que tenga oídos, que oiga) son los que llevan su radio “para pasar el tiempo”, porque como no están rodeados de un acervo valiosísimo, más vale no aburrirse, y, por supuesto, no dejar que se aburran los muchachos, que toman esos curiosos objetos empolvados de los anaqueles, los exprimen y los ven durante horas, así, ¿cómo ven? Pobres ilusos.
    En la biblioteca debería ser castigado, como diría Ignatius J. Reilly, con latigazos en las zonas erógenas, pero en cualquier espacio es igual de molesto. Yo no hago a nadie escuchar la música que me gusta.
   Por otro lado están los audífonos, contra los que no tengo ningún problema. Yo suelo estar igual de abstraído sin ellos. Lo odioso es escuchar lo que aquél, sentado a tres lugares de mí, está escuchando. La única ventaja en este caso es la satisfacción de saber que será castigado con la sordera.
   

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