...¡que no le digan, que no le cuenten!
Asista a cualquier sala de espectáculos en México para, en caso de ser decente, llevarse un firme disgusto. En esta ocasión, se lleva las palmas -que palmatoria debiera ser- la Fonoteca Nacional, el día 20 de abril a las 1900 para el espectáculo de música barroca para violoncello, clavecín y guitarra. No sólo atiborran un pequeño salón con más de 100 sillas, sino que dejan a los "amantes de la musica" permanecer de pie porque ya no alcanzaron lugar (pues llegaron tarde). También pueden sentarse en el piso, entrar aunque el concierto ya hubiera comenzado (aunque comenzó tarde), platicar, escribir en su blackberry, contestar su celular. De libertad no carecemos en este país, tenemos sobrada. Usted puede hacer lo que quiera, le aseguro que se saldrá con la suya. Carecemos de consciencia y de responsabilidad. Por demas está decir que la interpretación fue pésima. Dicen que lo barato sale caro: Ustedes calculen, fue gratuito.
Ahora sí, lo positivo. No todo es terrible y yo no soy neoestoico, cada cosa por separado. La CNT monta gratuitamente obras en la casa que posee sobre la calle Francisco Sosa. En esta ocasión La prueba de las promesas del singular Juan Ruiz de Alarcón, el sábado 21 de abril, también a las 1900 fue motivo de mi asistencia. Pero qué diferencia: Este autor forma parte del pequeño grupo de autores que escribe poco, pero extraordinariamente, con inteligencia y sentido del humor. Fuera de una mala actriz que inexplicablemente formaba parte del reparto (parecía no saber sus líneas, hablaba tan fuera de ritmo que contrastaba con los demás actores) y un final terrible la puesta en escena se llevó las palmas. Terrible final porque, Carlos Corona, director y adaptador, decidió (supongo que fue él) añadir cinco minutos de obra en la que ofende al público con su particular interpretación de lo que es el teatro con pastiches de ideas de Lope y Shakespeare, y que no escribió Juan Ruiz en La prueba de las promesas. Ese final desmorona la obra y el sentido que su autor les dio, va un ejemplo. Suponga que compra la edición de Muerte sin fin editada por este señor, al final encontraría:
Asista a cualquier sala de espectáculos en México para, en caso de ser decente, llevarse un firme disgusto. En esta ocasión, se lleva las palmas -que palmatoria debiera ser- la Fonoteca Nacional, el día 20 de abril a las 1900 para el espectáculo de música barroca para violoncello, clavecín y guitarra. No sólo atiborran un pequeño salón con más de 100 sillas, sino que dejan a los "amantes de la musica" permanecer de pie porque ya no alcanzaron lugar (pues llegaron tarde). También pueden sentarse en el piso, entrar aunque el concierto ya hubiera comenzado (aunque comenzó tarde), platicar, escribir en su blackberry, contestar su celular. De libertad no carecemos en este país, tenemos sobrada. Usted puede hacer lo que quiera, le aseguro que se saldrá con la suya. Carecemos de consciencia y de responsabilidad. Por demas está decir que la interpretación fue pésima. Dicen que lo barato sale caro: Ustedes calculen, fue gratuito.
Ahora sí, lo positivo. No todo es terrible y yo no soy neoestoico, cada cosa por separado. La CNT monta gratuitamente obras en la casa que posee sobre la calle Francisco Sosa. En esta ocasión La prueba de las promesas del singular Juan Ruiz de Alarcón, el sábado 21 de abril, también a las 1900 fue motivo de mi asistencia. Pero qué diferencia: Este autor forma parte del pequeño grupo de autores que escribe poco, pero extraordinariamente, con inteligencia y sentido del humor. Fuera de una mala actriz que inexplicablemente formaba parte del reparto (parecía no saber sus líneas, hablaba tan fuera de ritmo que contrastaba con los demás actores) y un final terrible la puesta en escena se llevó las palmas. Terrible final porque, Carlos Corona, director y adaptador, decidió (supongo que fue él) añadir cinco minutos de obra en la que ofende al público con su particular interpretación de lo que es el teatro con pastiches de ideas de Lope y Shakespeare, y que no escribió Juan Ruiz en La prueba de las promesas. Ese final desmorona la obra y el sentido que su autor les dio, va un ejemplo. Suponga que compra la edición de Muerte sin fin editada por este señor, al final encontraría:
[BAILE]
Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido.
¡Anda putilla del rubor helado,
anda, vámonos al diablo!
Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido.
¡Anda putilla del rubor helado,
anda, vámonos al diablo!
La poesía, por cierto,
¡ah, que arte elevado!
La poesía dice la verdad,
pero, ¿qué es la verdad?
Lo que yace entre líneas,
lo no dicho entre lo dicho.
Y después de este chorizo colado usted debe aplaudir con gusto. Sólo la estulticia mete mano en donde no hace falta, y sólo un bruto mayor permite este tipo de desmanes en la puesta en escena. Un cambio en la forma, añadir una escena más, por supuesto que cambia el significado. Por lo demás, albricias a los actores y a los músicos.
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