Si bien todos estamos de acuerdo en que la solidaridad de los días recientes es extraordinaria, no puede aceptarse sin más que sólo eso basta para que este simulacro de país en que vivimos funcione.
Que nadie se engañe: hay que ayudar, pero hay que ayudar siempre, todos los días, ese es el reto; no sólo en las emergencias.
Y valga decir que de nada sirve ayudar si la ayuda, políticamente, está hueca (políticamente entendido en su sentido más lato). Si salimos a "ayudar" pero somos machistas, de nada sirve la ayuda, porque el día de mañana alguien que no murió a causa del temblor es víctima de un feminicidio. Si salimos a "ayudar" pero somos narcisistas, de nada sirve, porque en lugar de ayudar, estorbas. La ayuda sin conciencia es un gesto que se agradece pero que al cabo nos deja igual. Porque los cadáveres se entierran, los escombros se recogen, los edificios se reconstruyen, y la vida sigue, entre individuos de una sociedad que no respetan, que insultan, que ofenden, que no piensan.
Ciertamente el iluso soy yo, dentro de una sociedad, no sólo la mexicana, que sólo cree en el autoreconocimiento y que quiere ser la estrella de su propia vida, cuando menos a través de redes sociales. ¿Qué mérito tiene corear un "goya" después de insultar y menospreciar a las mujeres que cargan en el centro de acopio del estadio olímpico? Alguien dirá que no es grave, que así somos los mexicanos, dicharacheros y ayudadores. Yo creo que es muy grave y quien no hile que del dicho al hecho hay poco trecho es el que no entiende la violencia generalizada en el país, la objetivación de la mujer, los robos a mano armada una hora después del sismo. Porque cuando decimos "no pasa nada", está pasando todo.
Qué bueno que muchos queramos ayudar y lo estemos haciendo de distintas maneras; ojalá que ese ímpetu fuera perenne y consciente.
El que tenga oídos, que oiga.
Buen blog; interesante. ¿Por qué no lo has continuado?
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